sábado, 26 de marzo de 2011

Nocturnum III: Calma

La campanilla de la puerta tintinea, rompiendo el silencio en el pequeño almacén de antigüedades. Hito no presta atención a las estanterías llenas de carísimos bienes asiáticos, algunos con siglos de antigüedad, que se alzan a ambos lados de él. En lugar de eso camina directamente hacia el propietario de la tienda.

"Ukiko", dice rápidamente. "Estoy aquí para ver a Ukiko. Tengo cita".

El hombre tras la caja registradora mira en silencio a su cliente. El agua, que empapa la ropa de Hito debido a la tormenta que hay fuera, gotea sobre el suelo de la tienda. No parece darse cuenta. Sin hablar, el propietario señala un umbral, tapado con cortinas, que tiene tras el almacén.

Hito susurra unas palabras de agradecimiento y camina rápidamente hacia las cortinas. Se para frente a ellas-que son más pesadas de lo que parecen- luego las aparta y entra a la oscurecida habitación. Una gruesa vela ilumina una pequeña mesa redonda justo delante de él. La marchita cara de una mujer le mira atentamente desde el otro lado de la mesa. Volubles sombras juguetean por su arrugada cara, haciéndola parecer algo no material del todo.

"Hito-san", le saluda en japonés. "Por favor, siéntese. ¿Ha traído la fotografía?".

"Sí. Y los cien dólares también". Busca su cartera, pero Ukiko le disuade con un movimiento de la mano.

"La fotografía, Hito-san".

Hito desliza una foto Polaroid por la mesa. Una joven atractiva frunce el ceño en la foto, pero hay alegría en sus ojos. Ukiko mantiene la foto cerca de su cara. La mira forzando los ojos, luego los cierra y la huele.

"¿Cuál es el nombre de su hija, Hito-san?".

"Kay".

"¿Y cuándo tomó la fotografía?".

"Justo antes de que desapareciera. Acababa de comprar la cámara".

La voz de Hito se desvanece al darse cuenta de que algo está pasando. Ukiko no ha abierto los ojos, pero bajo sus párpados estos se mueven tirando furiosamente en varias direcciones. Sus nudillos están blancos mientras agarra la foto entre sus puños temblorosos. Un semblante de dolor y terror inunda su cara tenuemente iluminada.

"No", susurra.

La llama de la vela aumenta su intensidad hasta explotar en una lengua de fuego. Ukiko agita la cabeza con fuerza. Se escurren lágrimas de sus ojos, y estas dejan un rastro rojo a lo largo de sus mejillas.

"¿Qué es esto? ¿Está Kay en peligro? Dígamelo, debo saberlo".

"¡No!"


La anciana mujer arroja la fotografía con fuerza y queda postrada en el suelo por la sacudida.

"Váyase ahora, Hito-San. Váyase ya y nunca vuelva".

"Pero, ¿Qué pasa con Kay? ¿Qué es lo que vio?"

"Váyase, Hito-san. Márchese a casa".

Hito resiste las ganas de agarrar a la vieja mujer y zarandearla "¡Maldición! ¿Qué es lo que vio?"

Ukiko se muerde su tembloroso labio y sacude la cabeza. "Su hija pertenece ahora al demonio, Hito-san. Y ahora, usted también".